A mi padre muerto:
Ya debes saberlo todo. No es necesario que te lo cuente. Ya lo debes saber todo.
Cuídame.
Tu hija.
blog de paola vaggio
A mi padre muerto:
Ya debes saberlo todo. No es necesario que te lo cuente. Ya lo debes saber todo.
Cuídame.
Tu hija.
He empezado a escribir a mano un diario personal, o más bien una bitácora, porque quiero que sirva como registro de todo lo que me parezca importante anotar al final del día. El motivo no es otro que, desde que murió mi padre, tengo bastantes lagunas mentales. Se entremezclan los días, los hechos, los momentos, lo acontecido. Mi rutina ha cambiado mucho desde entonces, voy más a ver a mi madre, paso menos tiempo en mi casa, veo menos a mis amigos. Hasta que todo no se vaya asentando, creo que intentar poner un poco de orden interno anotando un par o tres de cosas diariamente, me va ayudar. No es ninguna obra literaria, es un registro.
Ayer hice el trabajo de empezar a escribir datos a partir del día que murió mi padre. Llené varias páginas pero algunas las dejé en blanco, porque no me dio tiempo y porque necesito recopilar información. Por ejemplo, del día después no recuerdo nada, ni dónde estuve ni lo que comí ni donde dormí. Tampoco recuerdo qué hice después del entierro de mi padre. Creo que vine a mi piso con mi madre y nos pedimos una hamburguesa, la más rica del mundo, la verdad. Y que nos mirábamos como diciendo ¿qué hacemos aquí disfrutando de una hamburguesa con patatas fritas y ketchup como si nada? De hecho, esto mismo no recuerdo si fue el día del funeral o el primer mediodía sin mi padre.
He leído por internet que es normal sentir confusión y tener como una especie de neblina mental, sentir que la mente está desorganizada y que todo se mezcla. En resumen, no me pasa nada grave. Pero sí es verdad que la vida me está poniendo, últimamente, muchas pruebas, de esas que son objetivamente jodidas. No de esas que son de tanto mirarse el ombligo. Pero ahí estoy yo, contra todo pronóstico, hecha una jabata.
En la libreta he ido anotando días de los que me acuerdo y dejando páginas en blanco para los que no. De momento, del presente, llevo tres días.
Ya no digo "voy a casa de mis padres", ahora digo "voy a casa de mi madre". He adaptado enseguida el lenguaje. Las palabras enfocan la realidad como una cámara. La encuadran buscando algo de coherencia narrativa, de verosimilitud.
Estoy pasando más tiempo con mi madre, quedándome a dormir alguna noche de la semana. Ahora ya no voy solo los domingos a comer. Volver a habitar, aunque sea a ratos, la casa de mi adolescencia (y de mis "veintialgos") es una sensación rara, como de vuelta a lo esencial, como si me quitara por un rato la máscara —pero siempre queda alguna bajo el brazo. A menudo tengo la sensación de que es Nochebuena o la tarde de la cabalgata de los Reyes Magos. Tengo muy asociada la época navideña con quedarme a dormir en casa de mis padr... de mi madre.
Echo de menos a mi padre. Mi padre. Con sus zapatos siempre nuevos. Ahí siguen, en el zapatero. Los partidos de tenis sonando en el televisor me recuerdan a él y me acompañan. Lo siento cerca de mí cuando la pelota golpea la raqueta. Cuando hay un breakpoint. Cuando hay una dejada espectacular que deja sin aliento al contrario. Cuando una volea define el set. Cuando hay doble falta. Cuando es punto de partido.
A mi padre se le daba muy bien el tenis, pero no éramos ricos ni nada de eso. Aprendió a jugar cuando era pasante de un abogado al que también le gustaba. Recuerdo ser pequeña y verlo vestido de blanco, cargando una bolsa de piel marrón por la que asomaba la raqueta. Esa bolsa de piel era preciosa y la conservo. Tuve una época en la que iba al gimnasio con ella, pero era demasiado bonita, la verdad. El día de su funeral leí unas palabras y se lo conté a todo el mundo: mi padre jugaba bien al tenis.
Yo estoy aprendiendo a jugar a pádel, que he descubierto que no es solo un deporte de divorciados. Juego con dos chicas de 17 años, que siempre están de exámenes, y con una de 37 que siempre llega corriendo de la oficina. Somos un cuadro. Al principio, nuestro profesor se desesperaba. Ahora ya no porque, de repente, las cuatro hemos mejorado bastante. Voy a clase religiosamente. Solo falté un día. Recuerdo que a la semana siguiente el profe me preguntó, "¿por qué no viniste el martes pasado?", me acerqué y le dije flojito, "porque murió mi padre". Me dio un abrazo.
Yo soy buena subiendo a la red y también luchando por llegar a pelotas que parecen perdidas.
A veces me siento en transición, como en un espacio liminal y entre muchas puertas. Entre la pena y la pérdida, entre las preocupaciones del trabajo, entre el temor, la incertidumbre, y la alegría desbocada de seguir con la vida y sus paisajes: los cerezos en flor, los lirios que siempre vuelven a crecer, mi perra en la playa, la luz de una gasolinera en medio de la noche, mis manos al volante, los brindis con vino, las palabas escritas a mano, los mañana, el pelo desordenado, la llama azul del calentador, las duchas de agua caliente.
Estoy en la cola del supermercado, están las típicas que se cuelan, porque llevan pocas cosas. Hoy vamos a tener nuestra cita número XI, así que las dejo pasar, no me importa que se cuelen de tres en tres.
Nos hemos besado mucho en público y nos hemos dado cuenta de que ya nadie lo hace. La chica que leía el QR de las entradas ha tenido que esperar a que parásemos.
Me gusta ir contigo de la mano, con el corazón en llamas y mis gafas nuevas para ver muy muy lejos. Hacía tiempo que no veía tan nítido el mundo. Veo hasta aquellos árboles del fondo de la calle, hasta aquellas ventanas que antes no existían.
Desde un banco del parque, veo mi ropa dando vueltas en la secadora de la lavandería.
Veo tan lejos, que ya no voy a perderme en la lejanía.
Hice una promesa de alegría salvaje, voy a cumplirla.